Hans Christian Andersen en Almansa

Unos turistas daneses llegaron a nuestro hostal hace ahora un par de años, siguiendo la estela que Hans Christian Andersen había trazado en 1862; a través de ellos, supimos de este paso, efímero, del escritor danés por nuestra población.

Andersen relata que su simpatía por España se había iniciado cuando de joven había tratado con los soldados españoles, que dirigidos por el Marqués de la Romana, también Señor de Moixent y de Novelda, apoyaban a las tropas napoleónicas en aquella zona. A ellos les dedicó alguna obra, y estos soldados dejaron algún apellido en el país, algún descubrimiento gastronómico (aliñar la ensalada, uso del ajo) y una simpatía de la población, que no sólo plasmó Andersen.

Andersen en la época en la que pasó por Almansa
Andersen en la época en la que pasó por Almansa

Su paso un día de verano, deja una somera descripción de lo más destacado de la población: sus casas, sus calles (Probablemente la calle Mendizábal, pudo ser también la Calle San Antonio), sus entonces semi abandonadas casas señoriales, el castillo, el monolito de la batalla, y el inmenso calor que pasó. Descansó un poco en una fonda de la población, antes de retomar su viaje hacia Alicante.

Los entonces habitantes de Almansa les llamaría la atención la curiosidad de ese extranjero desgarbado y aparciencia simpática que hablaba en una lengua ininteligible e iba escudriñando por puertas, ventanas y monumentos, tomando nota, mientras sudaba sin pudor.

Desde Hostal el Estudio hemos realizado una traducción, que esperamos sea lo más acertada posible. Nos podéis enviar vuestras sugerencias para mejorarla. Podéis encontrar el original en este enlace.

«De repente paramos en una gran estación. El camino aquí se dividía en dos direcciones: Una llevaba a Madrid, y el tren lo siguió sin dilación; la otra llevaba a Alicante, que era el destino de nuestro día de viaje. Eran tan solo las 10 de la mañana, y teníamos que esperar hasta las 6 de la tarde, cuando llegase el tren de Madrid, que teníamos que coger. Sin embargo teníamos que comer, dormir y cuidar de nosotros; y con estas tres ocupaciones podíamos pasar el tiempo. Aquí en la estación, había un buen restaurante, regentado por un francés; y cerca también se situaba, para la comodidad de los viajeros un edificio sombreado, de apariencia oriental, con habitaciones frescas y ostentosas, donde se podía echar un suspiro, de hecho, pasar la noche, si lo deseaba: y como no había nada remarcable en el vecindario, tuvimos sólo que realizar un pequeño viaje para llegar a la pequeña ciudad de Almansa, tan bien conocida en la historia de la guerra.

Las calles eran rectas, muy anchas y sin pavimento; las casas eran bajas, muros inclinados, aberturas para ventanas; aquí y allí una contraventana que se podía cerrar, pero no se podía ver ni un cristal en toda la alargada calle. Los amplios portalones estaban ocultos tras un felpudo de esparto; cuando te ponías en un lado, podías ver dentro de la pobre, medio oscurecida habitación. Allí sus habitantes se sentaban a trabajar; fuera no podían trabajar, ya que el sol era demasiado poderoso. Cada casa recibía con un pequeño rincón verde, ya fuese ensombrecida con una parra, o al menos adornada con alguna planta con flores. Ojos negros, pelo negro y amarillentas y marrones pieles tenían los pocos seres humanos que me encontré en las calles, que bajaban hacia una escarpada peña, en cuya cima asomaban las ruinas de un castillo fortificado. Abajo donde permanecí, bajo un sol que era como llamas de fuego, se situaba la iglesia, y un par de edificaciones compuestas de piedra labrada, con escudos esculpidos en los pórticos.

Familias nobles habían residido una vez allí. Ahora los recibidores estaban vacíos y desiertos, los muros estaban agrietados y desmoronándose. Los marcos de madera colgaban sueltos de las rotas ventanas. Entre esta desolación y soledad, incluso al medio día, llegas a un monumento – una pirámide con un león esculpido en piedra- recuerdo de la batalla de Almansa, cuando la ciudad ganó el título de “fidelissima”. Entonces esta pedregosa y calurosa llanura se convirtió en una sangrienta carnicería; varios miles yacían heridos, otros varios miles yacían muertos, pero el ganador cargó con 112 estandartes del campo. Desde entonces todo esto se ha olvidado en la historia y en el cancionero; el sol y el viento con su toque destructivo, han competido a toda velocidad sobre esta enorme mesa de piedra , en la cual, como en un mosaico, Almansa está incrustada; La sangre de los guerreros y conquistadores, tan alegremente derramada, había sido borrada del suelo.

Como ya había visto todo lo remarcable en la ciudad, tuve que enmendar mis pasos por la amplia y abrasadora calle, ascendiendo entre las cegadoras casas blancas; era como pasar a través de una pila funeraria hindú, o bien despacio por un auto de fé de larga duración, y cuando en la distancia alcancé mi habitación, con sus ventanas cerradas, y su esterilla de esparto sobre el suelo, tuve la percepción de lo que debe ser salir del caliente y arenoso desierto de Sahara, y entrar en la sombra de un oasis. Me hundí, exhalé una larga espiración – y si hubiera sido posible para mí pensar, mis pensamientos habrían sido- Estoy en la tierra del sol, mi sangre está tan recalentada que seré capaz de repartir con una estufa todo mi calor el próximo invierno en el norte. Sólo podía pensar en el sol, sólo podía soñar en el sol; y así uno se aclimata. Cielos rojizos sangre resplandecían como una procesión de antorchas, cuando comenzó nuestro viaje desde Almansa.»

En este relato,  Andersen describe brevemente algunos aspectos de aquella Almansa, como la Casa Grande, o el Castillo, o sus calles.